La pérdida de interés y la tristeza
Una persona puede seguir haciendo sus tareas habituales y, sin embargo, haber perdido buena parte del interés por ellas. Sale a pasear, ve a sus amigos o se sienta a leer, pero le cuesta disfrutar como antes. A esa disminución de la capacidad de sentir placer la llamamos anhedonia, y es uno de los síntomas más característicos de la depresión.[1]
Pueden aparecer también cambios en el sueño, falta de energía, dificultades para pensar o sentimientos de culpa. Lo que orienta el diagnóstico es cómo se presentan juntos y cuánto han cambiado la vida de esa persona. Ninguno de ellos, por separado, permite concluir que tenga una depresión.[1]
Qué necesitamos conocer en la consulta
Además de lo que ocurre ahora, interesa saber cómo empezó y si ha sucedido antes. Cuando alguien cuenta que ya pasó por una época parecida, necesitamos aclarar cuánto duró, cómo se recuperó y si llegó a encontrarse completamente bien entre ambos episodios.[2]
También preguntamos por etapas muy distintas: épocas de actividad excesiva, de dormir poco sin sentirse cansado o de tomar decisiones de una forma poco habitual. Estos datos pueden orientar hacia un trastorno bipolar, cuyo tratamiento es diferente. Por eso la historia del estado de ánimo tiene tanta importancia, aunque el motivo de consulta sea una depresión.[3]
Cómo se decide el tratamiento
La psicoterapia y los antidepresivos tienen un lugar en el tratamiento. Para elegir necesitamos conocer la intensidad del episodio, su duración y qué ha ocurrido con tratamientos anteriores. También hay que explicar qué podemos esperar de cada opción y qué dificultades puede plantear. En algunas depresiones está indicado combinar psicoterapia y medicación.[1]
Qué ocurre cuando empieza la mejoría
Encontrarse algo mejor es un dato favorable, pero todavía puede quedar insomnio, falta de interés o dificultad para retomar las actividades. Esos síntomas que persisten merecen atención. El seguimiento permite comprobar hasta dónde llega la recuperación y decidir cuánto tiempo conviene mantener el tratamiento, especialmente si ya ha habido otros episodios.[5]
Cuándo hace falta atención urgente
Los pensamientos de muerte o de suicidio deben poder hablarse directamente en la consulta. Preguntar por ellos forma parte de la valoración de la depresión.[2]
Si existe riesgo inmediato de hacerse daño, la persona no puede alimentarse o beber, o pierde el contacto con la realidad, hay que acudir a urgencias. En esas circunstancias no se debe esperar a una cita ordinaria.[4]