Cómo ha sido la recuperación
Puede haber una mejoría clara y seguir existiendo dificultades: se duerme mejor, por ejemplo, pero persiste la falta de interés. A estos síntomas que quedan los llamamos síntomas residuales. Conviene distinguir esa recuperación incompleta de una etapa en la que la persona se ha encontrado bien y, tiempo después, aparece un nuevo episodio.[1]
Los antecedentes importan
El riesgo de recaída aumenta cuando ha habido varios episodios, cuando han sido graves o cuando persisten síntomas. También influyen otros problemas de salud mental asociados. Esto ayuda a entender por qué dos personas que ahora se encuentran bien pueden necesitar un seguimiento diferente.[1]
Por qué mantener un tratamiento si ya hay mejoría
Un antidepresivo puede mantenerse después de la mejoría para reducir el riesgo de recaída. Algunas psicoterapias también tienen una función preventiva. La decisión tiene en cuenta qué tratamiento ha ayudado y cómo se ha tolerado.[2]
Esa decisión debe revisarse con el tiempo. Si hay efectos adversos, dificultades para seguir el tratamiento o dudas sobre su continuidad, hay que hablar de ello. Mantenerlo requiere una razón clínica que pueda explicarse al paciente.[2]
Reconocer los primeros cambios
Puede ser útil identificar qué ocurrió antes de los episodios anteriores: por ejemplo, si empezó a alterarse el sueño o aumentó el aislamiento. Cuando esos cambios reaparecen y persisten, conviene solicitar una revisión. Tener un mal día, por sí solo, no significa que la depresión haya vuelto.[3]