Qué la caracteriza
Al resolverse una preocupación puede aparecer otra, de manera que cuesta encontrar momentos de descanso. A esto suelen sumarse tensión muscular, irritabilidad o cansancio. La persona puede seguir cumpliendo con sus responsabilidades, aunque hacerlo le suponga un esfuerzo creciente y llegue a la noche sin conseguir desconectar.[1]
Cómo se valora
Para el diagnóstico importan la persistencia y la dificultad para controlar la preocupación. Algunos criterios exigen que ocurra la mayoría de los días durante al menos seis meses, junto con otros síntomas. Ese plazo sirve para definir el trastorno; si el malestar es importante, conviene consultar antes.[1]
Qué conviene contar en consulta
Puede ayudar describir un día concreto: en qué momentos aparecen las preocupaciones, si dificultan concentrarse y qué ocurre al acostarse. Esos ejemplos permiten entender mejor el problema que decir únicamente que se está muy nervioso. También interesa conocer los tratamientos previos y la medicación que se toma.
Qué tratamientos se consideran
La terapia cognitivo-conductual ayuda a trabajar la preocupación y las respuestas que contribuyen a mantenerla. En determinados casos se indica medicación. Para elegir se tienen en cuenta la intensidad del malestar, su repercusión y los tratamientos ya probados, además de las preferencias de la persona.[2]
Preguntas frecuentes
¿Puede aparecer junto con depresión?
Sí. Pueden coexistir y conviene evaluar ambas, porque eso puede cambiar las prioridades del tratamiento.[1]